Correr sin mirar
Estamos llegando a un punto tan extremista, que me asusta. Me asusta que cada vez eliminemos más pasos necesarios para hacer algo, para hacerlo más deprisa, y pienso: ¿Y qué?, ¿Para qué querer hacerlo más deprisa, para mirar una pantalla, para trabajar 30.000 horas al día? ¿Para qué? Es horrible cómo hemos llegado a este punto de correr para nada, de no sentir con las cosas que hacemos, convertirnos en meros objetos que realizan tareas sin más, una detrás de otra.
Cuesta parar y observar lo que nos rodea, cuesta apreciar los pasos que damos durante el día, cuesta mirar el cielo y respirar. En la naturaleza todo tiene un proceso; las estaciones del año ayudan a florecer y a renovar. El flujo de agua de un río se adapta al caudal. Las piedras con el viento y el agua cambian su forma, se erosionan... Aprecian el detalle, la espera, el proceso... y el tiempo corre, pero a su favor.
Un café, por ejemplo, también necesita su proceso; sin él, no sale bien. Sale amargo o aguado. Dar a un botón no es suficiente para él, tampoco para nosotros.
Me imagino con los ojos vendados y dando vueltas sobre mí misma sin sentido, sin ver ni casi respirar, sin parar un día más, y esa es la realidad.
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